miércoles, 15 de julio de 2015

Seré breve

Por obra del universo, mis dos últimos días de clases, fueron de feedback por parte de la mayoría de mis maestros. Todos me dijeron, en sus propias palabras, lo mismo, tanto en lo excelente, como en los puntos a mejorar.
Son sabios, realmente lo son, admiro a mis maestros, aspiro a ser como ellos, como los grandes, como los buenos docentes, como esos que saben lo que pasa en cada uno de sus alumnos, y tienen la certeza y la asertividad de decirles como son y porque son así sin miedo a fallar en sus palabras, sin miedo a comprometerse con las mismas.

Todos, o en su mayoría, me dijeron que era una gran influencia para mi grupo, que era una gran líder, una líder positiva, con gran actitud y gran entusiasmo; pero que en ese andar de ayudar a los demás y llevar a mi equipo a ganar, me olvido de la persona más importante y a la que nunca debo de dejar: a mí.

Y aquí es cuando me pregunto: ¿En que momento pensé que la deficiencia de mi superación, de mi aprendizaje, de mi actuar, eran los demás? ¿En qué momento deje de ocuparme de mí, para ocuparme en los demás?

Pero es cierto lo que dicen: se tiene que volver la vista atrás para poder analizar y profundizar nuestra vida.
No me da miedo voltear atrás y ver que he fallado en varias ocasiones, que he dejado de hacer muchas cosas por miedo, por pena o por el que dirán, que me he visto limitada por la sensibilidad y por la carga emocional que me caracteriza. Pero no es culpa mía, es culpa de la infancia, culpa mía es dejar que me siga abrazando.
Me da miedo ver que sigo fallando de la misma manera que he fallado durante toda mi vida.

No quiero ser un blanco fácil para los fuertes, y no seré el dardo apuñalador para los blancos fáciles.
Sin embargo, sigo aprendiendo de todo esto, de la vida, de los demás, de mí.
Y veo la gran capacidad que hay en mí, reconozco la fortaleza que hay y que hay que sacar a como de lugar. Reconozco que debo llegar hasta mis propios límites para alcanzar lo que quiero y lo que debo hacer para conmigo y los demás.

No hay satisfacción más grande que la de saberte triunfadora por algo por lo que diste TODO, donde lloraste, caíste, te enojaste, te estresaste, reíste, te aferraste, no hay nada en el mundo más grande que esa satisfacción.

Confieso: Estoy viviendo, estoy luchando, estoy aprendiendo de la vida tan dura y cruel... y eso, esta bien.

Con afecto,
Evee.

No hay comentarios:

Publicar un comentario